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Pies descalzos

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La cultura asiática tiene cierta repugnancia hacia los pies. Considera que en la cabeza habita el alma de cada persona y los pies, al estar en contacto con la tierra, son la parte más impura del cuerpo. Por eso hay que evitar tocar la cabeza de la gente y señalar con los pies. Después de acostumbrarme a tener los pies siempre polvorientos, pensé en las sensaciones de andar descalzo. Veo un acto honesto en ir por ahí sin zapatos. Observo a mis alumnos camboyanos saltar de sus sillas, olvidarse de ponerse las chanclas y correr hacia la pizarra cada vez que saben escribir la palabra que les pregunto. Me gusta pensar que eso es libertad: pasos silenciosos corriendo hacia una tiza y creando una palabra, una imagen, una historia. El caminar descalzo es distinto, más humano, más plano. Más tambaleante, casi una danza. Reivindica nuestra capacidad primitiva de caminar por suelos que siempre fueron de nuestros pies. Pisar lo que otro pisó y seguir caminos de otros pies sin ningún obstáculo de p...

Ovejas rojas

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Después de dos meses (feberero y marzo de 2020) trabajando en una escuela en Camboya enseñando inglés, los niños me han hecho comprender a los adultos. Es sencillo olvidar que detrás de esa cara seria e importante hubo una vez un niño, alguien que lloró porque le quitaron la pelota o que se pasó todo el día jugando en el patio. En cambio, hay ciertas tendencias y comportamientos en los niños que te hace imaginar su carácter de mayores. Veo a esa niña que llora en silencio y sin mirar a nadie y me imagino a una mujer hermética que avanza con la cabeza firme, ese niño que se burla ahora de todos será algún día un hombre creído e insatisfecho consigo mismo... Y aún así, imaginándome todo lo que, tristemente, podrían llegar a ser, sigo teniendo la esperanza de que siempre recordarán algo de lo que aprendieron en la escuela. Cuando les doy folios blancos para colorear o dibujar, me gustan los alumnos excéntricos. Los que colorean las ovejas de rojo, de fosforito, ovejas que nunca han vis...

Los asientos de al lado

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Poco se habla de la importancia de sentarse al lado de la ventana. Es un punto estratégico de bienvenida, de apertura hacia otros viajeros que sólo buscan un buen sitio para un largo viaje. Es una invitación indirecta para que otras personas te acompañen en tu viaje. Y cuando la mirada se desvía sin querer a lo que hace el del asiento de al lado, a sus pertenencias, a su curiosa botella, el intercambio de palabras educadas se transforma en conversación. Todas y cada una de las personas que hicieron de mi viaje de tren o avión algo más que unas horas muertas han sido efímeras pero significativas. Cada una tenía sus motivos para viajar, su vida, su camino y aunque sólo sean unas horas, nadie quiere arrepentirse del 'Hi' con el que comienza todo. Igual tuve suerte, o simplemente fue casualidad, pero así conocí a Daniella Marcozzi, actriz y biotecnóloga italiana que me hizo querer ir a Italia, respirar a Dante y me habló de la importancia y urgencia de ser. En un vuelo de 13 ho...

Kuala Lumpur, jungla de rascacielos

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Volví a coger la mochila el 13 de enero, después de pasar un mes en Madrid reponiendo fuerzas para lanzarme otra vez a la aventura. Tengo la suerte de tener una amiga viviendo en una ciudad tan alejada de Madrid como es Kuala Lumpur, y ahí empecé el viaje, queriendo adentrarme en Asia acompañada y con un poquito de ayuda. Con un fajo de ringgits y una tarjeta SIM cogí un Grab, la versión asiática del Uber,  para adentrarme en los rascacielos malayos y llegar hasta Carla. Entrada a las Cuevas de Batu No sé si fue el calor húmedo después del frío madrileño, la emoción o las ganas de andar después de un vuelo de 15 horas, pero el jet lag no me atacó el primer día. Exploré las Cuevas de Batu (que en malayo quiere decir "piedra"),  situadas en una colina de piedra caliza y llenas de santuarios hindúes. Mi visita coincidió con alguna festividad hindú, así que aparte de los monos que merodean por las cuevas, se me cruzaban gallos, olor a incienso y oraciones...

Las montañas azules

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Después de pasar dos meses en Sajonia, continué mi viaje hacia Baviera para trabajar casi un mes en una granja con 50 alpacas de uso terapéutico y muchas otras aves de corral. En esa tierra de ratoneros y arrendajos, donde el agua conoce bien al hielo y el sol es muy tímido, he aguantado dos semanas rodeada de unos animales tan curiosos como son las alpacas. Y digo aguantado porque terminé tan atrapada en la rutina de la granja que sólo el cansancio supo decirme "basta". Y ahora escribo desde París, pero esa es otra historia. Si hay algo que he aprendido estos meses de los alemanes es su afición por el trabajo, la necesidad de llegar a un fin, de conseguir algo. Y mi yo caótico ha tenido que renunciar un poquito a su desorden para adaptarse a esta mentalidad. Pero cuando esto empieza a ser abusivo, hasta un punto que uno pierde la noción de lo que está haciendo realmente, de su tiempo libre para simplemente ser, empieza el problema. Si bien al empezar el año sabát...

La Ruta de la Escalera

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Depués de muchos días de lluvia acurrucados en un salón con olor a café y recluidos en nuestra aldea, un día salió el sol y los pies pidieron andar. Así empezó nuestra excursión a la Suiza sajona, tan lejos de nuestra pequeña villa y tan cerca de la República Checa, que el viaje de dos horas y media en coche casi nos adormiló. Pasamos por Dresden, ciudad de mi infancia, que ahora sólo recuerdo como una larga hilera de árboles con las hojas ya amarillas y ciclistas moviendo la ciudad. Tal vez nunca he contado que tras tantos días en la burbuja rural, la ciudad me parece más rápida que nunca, llena de cosas y gente corriendo. Hacia el final, los edificios dejaron pasar a los bosques de abedules y al otoño campestre. Nos adentramos en lo que aquí inocentemente llaman "montañas" y el paisaje que se formaba alrededor del río Elba cambió. Formaciones kársticas se levantaban por encima de bosques infinitos, y lo que ningún senderista mal informado se esperaba era que hubiera que s...

Toda la vida por delante

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Ya ha empezado. Y llego tarde para publicar esto, pero todas las historias necesitan un comienzo y el mío es este. Lo escribí rápido, casi enfadada, intentando que el mundo entendiera que me iba, que tenía mil razones para estar harta de todo. Ahora sé que nadie necesita mis explicaciones para dejarme marchar, y este texto es poco más que un borrador inútil.  Pero, al fin y al cabo, mi historia necesita un comienzo.  Y es este: "Me dijeron que estudiara y estudié. Pero a aprender, aprendí yo sola. Me pidieron en silencio que aguantara la imagen, y la aguanté. Pero siempre supe que detrás de la alumna había una persona. Me acogieron durante 15 años y lo agradecí. Pero al final, le quité un poco de tiempo al tiempo y me acabé marchando. Y cuando llegó el momento en el que ya nadie me pidió nada, cuando decidí que podía ser un poquito más libre y descubrí que había otras formas de vivir, vi que tenía toda la vida por delante. De las paradojas que menos entiendo (...