La Ruta de la Escalera

Depués de muchos días de lluvia acurrucados en un salón con olor a café y recluidos en nuestra aldea, un día salió el sol y los pies pidieron andar. Así empezó nuestra excursión a la Suiza sajona, tan lejos de nuestra pequeña villa y tan cerca de la República Checa, que el viaje de dos horas y media en coche casi nos adormiló. Pasamos por Dresden, ciudad de mi infancia, que ahora sólo recuerdo como una larga hilera de árboles con las hojas ya amarillas y ciclistas moviendo la ciudad.

Tal vez nunca he contado que tras tantos días en la burbuja rural, la ciudad me parece más rápida que nunca, llena de cosas y gente corriendo. Hacia el final, los edificios dejaron pasar a los bosques de abedules y al otoño campestre. Nos adentramos en lo que aquí inocentemente llaman "montañas" y el paisaje que se formaba alrededor del río Elba cambió. Formaciones kársticas se levantaban por encima de bosques infinitos, y lo que ningún senderista mal informado se esperaba era que hubiera que subir estas enormes rocas para contemplar el paisaje sajón.

Subir por escaleras estrechas, pasamanos y agarres de metal perfectamente dispuestos para que nadie se cayera. Subir a una roca para mirar otras rocas y bajar de la roca para continuar andando por el bosque y ver otra roca, algo así es este camino que he decidido bautizar (porque creo que no tiene ningún otro nombre, y si lo tiene, debe ser alemanamente impronunciable) como la Ruta de la Escalera.
Doce kilómetros subiendo y bajando por una ciudad geológicamente encantada hizo que en el viaje de vuelta agradeciese las llanuras sajonas con los manzanos sin hojas, la luna sobre los campos de heno y los atardeceres que tanto le gustarían a Turner.

Espero que las fotos, hechas con una Nikon de las que ya no usa nadie, sepan ilustrar este día.
Dresden desde el coche


Formaciones kársticas

Bosque de abedules

Manzanos al atardecer

El campo sajón

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