Ovejas rojas
Después de dos meses (feberero y marzo de 2020) trabajando en una escuela en Camboya enseñando inglés, los niños me han hecho comprender a los adultos.
Es sencillo olvidar que detrás de esa cara seria e importante hubo una vez un niño, alguien que lloró porque le quitaron la pelota o que se pasó todo el día jugando en el patio. En cambio, hay ciertas tendencias y comportamientos en los niños que te hace imaginar su carácter de mayores. Veo a esa niña que llora en silencio y sin mirar a nadie y me imagino a una mujer hermética que avanza con la cabeza firme, ese niño que se burla ahora de todos será algún día un hombre creído e insatisfecho consigo mismo... Y aún así, imaginándome todo lo que, tristemente, podrían llegar a ser, sigo teniendo la esperanza de que siempre recordarán algo de lo que aprendieron en la escuela.
Cuando les doy folios blancos para colorear o dibujar, me gustan los alumnos excéntricos. Los que colorean las ovejas de rojo, de fosforito, ovejas que nunca han visto y solo pueden pintar. Los que dibujan elefantes con tres patas, sandías azules, bicicletas sin pedales... Luego miro a esos que solo tienen una forma de pintar una casa, una manzana; esos que sólo copian el dibujo del libro; esos que copian los dibujos de sus compañeros de mesa... Y les quiero ayudar. Quiero decirles que pueden mancharse de pintura y estropear la hoja y dibujar como quieran y que no pasa nada. Que todavía están en un mundo donde todo dibujo merece la pena, incluso si nadie lo entiende, que todo vale, que nadie limita sus trazos y que su garabato revela tanto como una fotografía.
Es sencillo olvidar que detrás de esa cara seria e importante hubo una vez un niño, alguien que lloró porque le quitaron la pelota o que se pasó todo el día jugando en el patio. En cambio, hay ciertas tendencias y comportamientos en los niños que te hace imaginar su carácter de mayores. Veo a esa niña que llora en silencio y sin mirar a nadie y me imagino a una mujer hermética que avanza con la cabeza firme, ese niño que se burla ahora de todos será algún día un hombre creído e insatisfecho consigo mismo... Y aún así, imaginándome todo lo que, tristemente, podrían llegar a ser, sigo teniendo la esperanza de que siempre recordarán algo de lo que aprendieron en la escuela.
Cuando les doy folios blancos para colorear o dibujar, me gustan los alumnos excéntricos. Los que colorean las ovejas de rojo, de fosforito, ovejas que nunca han visto y solo pueden pintar. Los que dibujan elefantes con tres patas, sandías azules, bicicletas sin pedales... Luego miro a esos que solo tienen una forma de pintar una casa, una manzana; esos que sólo copian el dibujo del libro; esos que copian los dibujos de sus compañeros de mesa... Y les quiero ayudar. Quiero decirles que pueden mancharse de pintura y estropear la hoja y dibujar como quieran y que no pasa nada. Que todavía están en un mundo donde todo dibujo merece la pena, incluso si nadie lo entiende, que todo vale, que nadie limita sus trazos y que su garabato revela tanto como una fotografía.
Y aunque me esfuerce en que saquen su creatividad y sus ganas de hacer lo que no se puede, no puedo quitar toda las barreras que poco a poco les meten en la cabeza. Pero aún así, aún con todas las frustraciones del oficio de profesor, me imagino a todos mis alumnos crecidos, ya adultos, probando la vida, y me dan ganas de crecer otra vez con ellos. Me dan ganas de volver a tener 5 años y que me asuste tener un lápiz en la mano; volver a tener 9 años y saber que lo único importante son los colores que uso para dibujar; cumplir 12 años sintiendo que ya no soy una niña; avergonzarme a los 14 de todas las miradas adultas.
A pesar del amor por este proceso de crecimiento y educación, me rompe pensar que posiblemente no se vayan a acordar mucho de la escuela en el futuro. Sé que una vez crezcan y se hagan mayores estos años les quedarán muy lejos y, estando ocupados con sus vidas, rara vez mirarán atrás, aunque este sea el periodo de su vida que más haya definido su carácter y todo lo que venga luego. Se olvidarán de lo vivido entre la silla y la mesa y de todos esos dibujos que hicieron en la escuela.
Y por eso pido que si algún día ya de adultos deciden colorear una oveja, que por favor la coloreen de rojo.
A pesar del amor por este proceso de crecimiento y educación, me rompe pensar que posiblemente no se vayan a acordar mucho de la escuela en el futuro. Sé que una vez crezcan y se hagan mayores estos años les quedarán muy lejos y, estando ocupados con sus vidas, rara vez mirarán atrás, aunque este sea el periodo de su vida que más haya definido su carácter y todo lo que venga luego. Se olvidarán de lo vivido entre la silla y la mesa y de todos esos dibujos que hicieron en la escuela.
Y por eso pido que si algún día ya de adultos deciden colorear una oveja, que por favor la coloreen de rojo.



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